Universidades en Estados Unidos

universidad eeuu¿Existen propuestas apetecibles para los latinos?

Aunque la cuestión idiomática suele aparecer como una dificultad a la hora de decidirse, muchos hispanoparlantes dirigen su mira hacia América del Norte cuando deben decidir adónde afrontar su formación profesional.

La educación superior de los Estados Unidos ostenta un poderoso reconocimiento internacional e, incluso, suele ser catalogada como una de las más prestigiosas del mundo. Frecuentemente, las grandes empresas y las compañías multinacionales dan crédito a esta fama, admitiendo la importancia que reviste tener un título expedido por una casa de altos estudios de esa nación.

La amplia oferta académica y la reputación lograda y sostenida con el paso de las décadas quizás sean los principales fundamentos para que millones de personas de distintas partes del mundo elijan ese país para realizar sus estudios.

Sabido es que las universidades en Norteamérica seducen especialmente a los estudiantes extranjeros, pues son ellos quienes confían a sus aulas la posibilidad de un porvenir más fructífero en relación al que avizoran en sus países. Su notoriedad, sin embargo, también puede estar escondida en las extraordinarias oportunidades que se vislumbran en una nación presuntamente abierta, desarrollada y organizada.

Es justamente esta popularidad la que explica cómo incrementan año a año el porcentaje de alumnos internacionales, procedentes de lugares muy disímiles. Incluso, hay quienes aseguran que, a raíz de esta situación, se ha desarrollado un interesante ambiente multicultural, que hoy hasta resulta promovido por las propias instituciones.

A la fecha, muchos establecimientos han implementado atenciones especiales para los foráneos y las han ponderado entre sus servicios básicos, con el afán de potenciar un componente que, a priori, parece atractivo.

En lo que respecta pura y exclusivamente a la faceta académica, es conveniente sopesar que las universidades en Estados Unidos aplican distintas herramientas de enseñanza, es decir, metodologías capaces de combinar un amplio espectro de conocimientos teóricos y habilidades prácticas. A criterio de los especialistas, el equilibrio de saberes garantiza, desde el principio, una experiencia laboral efectiva y alentadora.

Por otra parte, las distintas facultades agregan un componente que suele seducir a los potenciales estudiantes: ponen a su disposición múltiples opciones extra curriculares. Se trata de actividades que aseguran el afianzamiento de las motivaciones, un condimento, sin dudas, esencial para las carreras largas.

En este sentido, lo admirable es que, por caso, brindan un espacio preponderante a la práctica deportiva, no sólo ofreciendo instalaciones adecuadas, sino también premiando el talento innato y el desarrollo de condiciones mediante el otorgamiento de facilidades y becas de estudio.

El calendario académico consta de un período de 32 a 36 semanas, que comienza en los últimos días de agosto o los primeros de septiembre y concluye en mayo. Usualmente, está dividido en dos semestres, aunque algunos optan por los quarters (cuatrimestres) y otros dividen el año en tres fases de tres meses cada una.

Asimismo, se agrega una sesión de verano (en inglés, summer sesión), que consisten en cursos de clases intensivas sobre una materia específica. En algunos establecimientos, insertarse en este régimen es obligatorio y en otros, opcional.

Las vacaciones, que emergen como el lapso más esperado por los estudiantes, se extienden entre dos y tres semanas, regularmente en diciembre, aunque ciertas instituciones añaden una semana de descanso en marzo o abril (popularmente conocida como spring holiday).

El sistema de evaluación se centra en evaluaciones periódicas, no en exámenes nacionales, y los progresos de los estudiantes se miden en créditos o en unidades. Sin embargo, aunque cubran los requerimientos curriculares elementales, los alumnos están sujetos a lo que se denomina “practical training”, es decir, a una especie de pasantía fuera del “college”.

Ahora bien, si retomamos el costado meramente formativo, no podemos pasar por alto el nivel de los profesores, habida cuenta de que la mayoría posee especializaciones, maestrías o doctorados y, a la vez, tiene una envidiable trayectoria en el área de su incumbencia.

Gran parte de ellos, además, dedican tiempo completo a sus cátedras, con lo cual forjan una relación encomiable con su clase y favorecen el desempeño de sus aprendices.

Otro de los puntos fuertes de las universidades en EEUU es que están emplazadas en pequeñas ciudades o grandes centros urbanos de fácil acceso, y repartidas en toda la geografía, lo cual permite adaptar la elección a las expectativas y necesidades de cada uno.

Del mismo modo, cabe resaltar que, regularmente, se constituyen como verdaderos centros de información. Cuentan con dependencias dotadas con todos los recursos necesarios para el cultivo personal, en especial con elementos tecnológicos de última generación y grandes bibliotecas.

Los campus completan la postal universitaria, fundiendo los espacios destinados a la cursada, con ambientes confortables y seguros para la vida individual de los alumnos.

Explayadas algunas de las ventajas, llegó el momento de adentrarnos en las aspiraciones de los latinos, sobre todo porque, a raíz de su afán de progreso y capacitación, han incrementado notablemente los índices de incidencia en la comunidad estudiantil.

Su penetración ha sido tan profunda que incentivó a muchos institutos a introducir modificaciones en su sistema académico. Por ejemplo, algunas casas de altos estudios promovieron cursos en español y otras, contrataron docentes de origen latinoamericano para lograr una identificación basada en las raíces comunes.

La idea es rechazar la formación de un clima hostil para los estudiantes que provienen de fronteras afuera; y aún más: fomentar la diversidad para que, en la convivencia, todos se sientan a gusto y puedan complementar sus aptitudes y destrezas.

La realidad indica, también, que el avance vertiginoso de la población hispanoparlante en Norteamérica ha motivado a las universidades a poner el acento en el reclutamiento de ese sector, que se ha transformado en una de sus principales prioridades.

Si se quiere, desde cierto punto de vista, pareciera que la inclusión se ha vuelto bandera en las universidades en Estados Unidos. “Queremos que los estudiantes se sientan como en casa, sin importar de dónde vienen”, aducen los catedráticos más osados.

Sin embargo, para algunos, el trámite de ingreso sigue siendo harto difícil: los obliga a poner en la balanza no sólo las obligaciones personales, que suponen los ensayos, entrevistas y tareas que le exigen en la preparatoria, sino también la traducción de todos los documentos que engloba el proceso de solitud (para que los comprendan sus padres, que no hablan inglés).

Las universidades que comenzaron a percibir el costado engorroso de esta diligencia se propusieron diseñar métodos capaces de alivianar esa carga para sus futuros estudiantes. Así, crearon material en español sobre admisiones y ayuda financiera, dando un salto de calidad en la captación de nuevos alumnos latinos.

Los más atrevidos – en realidad, los más dispuestos a un intercambio genuino – lanzaron en su página web una versión específica para los hispanoparlantes, con el fin de restar presión a las futuras promociones.

De acuerdo a los relevamientos realizados recientemente, salió a la luz que las familias de la comunidad latina suelen ser reticentes a enviar a sus hijos a una universidad lejana. Esto sucede porque, en general, los lazos son firmes y la incertidumbre de los padres se acrecienta al pensar en el segundo destete.

Teniendo en cuenta que son actores claves en las aspiraciones educativas de su descendencia, saltar este obstáculo se ha convertido en una necesidad uniforme e ineludible para las universidades en Estados Unidos, las cuales, en consecuencia, buscan afinidad con el entorno familiar de los jóvenes y proporcionan modelos de comodidad, útiles para conformar a los más preocupados.

El coqueteo de los entidades educativas del nivel superior no resulta para nada extraño si se considera que, de acuerdo a un reporte del Consejo Estadounidense de Educación, la inscripción de hispanoparlantes a la universidad creció un 66 por ciento en un lapso de diez años, comprendido entre 1995 y 2005.

El cortejo a los estudiantes y sus familias se vuelve menos sorprendente si se analiza que la porción de latinos en la población de Estados Unidos se incrementará del 15 al 28 por ciento hacia 2050. Al menos así lo vaticinaron fundamentadas perspectivas de la Oficina de Censo de los Estados Unidos.

En consecuencia, estamos frente a motivos más que suficientes, que no hacen más que argumentar la mayor atención que le brindan al acceso de este grupo.

Otro dato que refuerza la idea es que, ya en 2011, un 16,5 por ciento del total de inscripciones universitarias habían sido captado por hispanoparlantes de entre 18 y 24 años. Además, como es fácil de suponer, el número de graduados pertenecientes a este segmento aumenta temporada tras temporada, asentando nuevos records.

Inclusive, las estadísticas de la última década ponen de manifiesto que los latinoamericanos ya constituyen la minoría con más presencia en las casas de altos estudios. Por eso, a decir de los responsables de las universidades en Estados Unidos, que mejor que apostar a este sector para obtener mejores resultados y dejar atrás las aparentes diferencias.

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