La AutoImagen, conciente

La consciencia de de lo que somos y lo que quisiéramos ser, contiene una especie de contabilidad, experiencias vividas, listas de resultados, compendio de diagnósticos y evaluaciones que resumimos con una palabra que lo comprende todo: Yo.

En ese diario íntimo se anota cada novedad, cada pequeño rencor que nace, cada ilusión y estímulo interesante, cada íntima frustración, todo lo dicho y escuchado, y todos los secretos ni dichos ni oídos.

Lo sucedido ha de organizarse de una forma adecuada (por ejemplo, el quid para poder recuperar un dato es saberlo colocar en el cajón oportuno). Pero desgraciadamente también están las heridas de la memoria (como muy bien expresa ese cuadro homónimo de René Magritte que presenta una cabeza blanca y marmórea, que en contraste está manchada con sangre), cuando lo que introducimos parece más bien contaminar lo que hay dentro, agujerea los cajones, ensombrece los colores de los hechos más luminosos. Corroe con su poder sulfúrico nuestras hermosas promesas de ser algo mejor, las esperanzas y motivaciones que deberían dar energía y empujarnos en nuestras alegres aspiraciones.

Aseguraba Heidegger que el origen de la angustia era la forma como el ser humano conocía la nada como lo que hay detrás y antes de las cosas que existen (tenemos muy interiorizado que provenimos de la nada y en nada acabamos, por lo que angustiarse sería salirse del ‘algo’ que hay en medio). Efectivamente, la muerte de un ser querido hace que nos sintamos un poco más vacíos de ‘algo’ que se ha trasformado en ‘nada’. Pero esa experiencia agónica que la muerte expresa en su máxima potencia aniquiladora puede tener también ser emulada por otros productores de vacío.

La muerte de las ilusiones juveniles que teníamos por los derroteros plúmbeos que nos toca vivir (a los que la fortuna no acompaña) puede llegar a generar una imagen propia de fracasados, (aunque tal vez esas fantasías de éxito tenían mucho de inflado sentido de omnipotencia, sin estar acompañados de posibilidades reales).

Ayuda no poco el prejuicio social harto extendido de que el que no triunfa es porque no lo merece, no tiene cualidades personales o no ha sabido conducirse con astucia. En cambio idealizamos a los que las cosas van bien pensando que son listos, correctos, maduros y se merecen todo por mérito propio.

El desamor, la sensación de no lograr ser lo suficientemente queridos, es también un sentimiento que parece acusarnos como si una voz interior dijera “!por algo será!”. Tal vez no somos interesantes, dignos, ni merecedores. No somos grandes, sino “poca cosa”, poco botín para los demás a los que más bien importunamos con nuestra molesta presencia. Nacemos siendo queridos y morimos parcialmente como si vivir y vivir con amor fueran la misma cosa. En ocasiones se ha podido crear una excesiva dependencia del afecto de los demás, de forma que nunca tenemos bastante, siempre estamos sedientos, mendigando como pedigüeños migajas de afecto, degradándonos en la petición a niveles de angustiosa humillación, y siempre somos frustrados por no lograr ser el todo para los demás como fueran para nosotros como padres de generosidad incombustible. ¿No seríala solución conformarse con menos y buscar otro tipo de placeres para calmar nuestra sed de bienestar? En cambio el dependiente a menudo se vuelve un sufridor empedernido buscando más de lo mismo, haciendo esfuerzos inmensos para convencer con sus favores, sus tiernas delicadezas, sus sutiles atenciones que sólo provocan las iras, el desprecio y el rechazo.

En ocasiones ni siquiera hemos sido queridos nunca, porque los que decían que nos amaban nos engañaban (es tan fácil mentir con la palabra y con el regalo sustituto), y nos traicionaban haciéndonos entrever que con un poco más de esfuerzo por nuestra parte acabaríamos provocando por fin el ansiado don del amor, siendo en realidad una siniestro engaño producido por los más próximos (como en la más pura tragedia de traidores shekaspearianos).

Como ni siquiera sabemos lo que nos daña, no podemos tampoco desesperarnos de una vez y convencernos de que nuestras pretensiones son baldías e inútiles, lo cual podría liberarnos y hacernos buscar el afecto en otra parte. No, lo peor en esta situación es que seguimos esperando atrapados totalmente en el engaño, tiranizados por el cruel mentiroso que nos deja escapar (sin ti, pero contigo).

La violencia ejercida sobre nosotros también nos mata aunque el cuerpo externo estuviera intacto. La barrera de la piel es sólo una barrera de imagen (lo que somos de “puertas para fuera”, pero no de experiencia vivida “puertas para adentro”). Por eso el daño hecho por el desprecio, la descalificación, la violación, la tortura, son invisibles llagas vivas que podemos ser totalmente incapaces -acostumbrados más a limpiar y curar lo externo- de sanar dentro de nosotros.

Todos los insultos recogidos desde pequeños (tonto, inútil, desastre, torpe, etc.) son calificaciones que nos hacen estar ‘suspendidos’. Y como internamente suspendidos nos toca, como si fuésemos unos impostores, a dar el pego ante los demás de ser “uno más”
sabiendo que en realidad somos “uno menos”.

Los fracasos escolares son también como puñaladas a la inutilidad y posición esquiva en la que colocarse (a la cola) de los status sociales y aspiraciones profesionales. Como fuera que los planes de estudios priman la homogeneidad por encima de la diversidad de cualidades, sólo resultan excelentes más bien los mediocres que encajan perfectamente en el perfil de buen estudiante que nada se cuestiona, que a nadie incomoda, que no desvía sus energías u entusiasmos en otra cosa que ser una pieza en la maquinaria. La curiosidad, la inquietud, la vitalidad se convierten de esta forma indirecta en defectos de personalidad, trasformando al mal estudiante en vago, con la “cabeza llena de pájaros”, totalmente incapaz de domesticar sus impulsos, díscolo y un desagradecido causador de disgustos a las personas que más le aprecian y esperaban de él algo mejor.

Los compañeros de clase, los vecinos, primos, conocidos y allegados con los que el azar nos envuelve suponiendo que son el ambiente apto en que la planta de la amistad y valoración ha de crecer pueden más bien convertirse en planta carnívora y ambiente depredador.

La crueldad infantil, negro espejo en el que los niños se miran cuando no entregan su sonrisa a los adultos a los que manipulan con su carita de ángel y sus lloriqueos sentimentales, está tan extendida como la ceguera de los padres sobre la realidad de sus hijos. Los niños crean grupos mafiosos en los que se acepta y expulsa, se castiga y domina, se humilla y degrada implacablemente al que presenta una debilidad. Los niños, que aun no están completamente domesticados y socializados, pueden crear sociedades más salvajes de lo que se está dispuesto a reconocer. Puede que incluso de adultos seamos en parte ese niño que se complace en lo cruel, en las películas de psicópatas, el miedo retorcido, de enfrentamientos despiadados y morbo insalubre.

Son desde luego lecciones difíciles de aprender para las almas más delicadas y sensibles, que en un mundo inmisericorde serían suprimidos de un plumazo, pero que entre los humanos, que hemos decidido apartarnos de las implacables leyes de la naturaleza, admitimos ahora benévolamente en sociedad, aunque nunca porque lo consideremos la parte noble, más digna y superior que deba imperar (más bien como una condescendencia que un rico se puede permitir, cosa que en los momentos realmente claves se puede perfectamente desvelar, como en los comportamientos en época de guerra, escasez, hambruna, catástrofe, etc. que nos vuelven otra vez fieras depredadoras).

Puesto que no estamos en una sociedad solidaria, aunque algunos detalles pudieran dar el pego, ni en una era del amor, la realidad es que el que no sabe dar fuertes codazos es apartado de la fila, hecho favorecido incluso por sus propios y nobles escrúpulos que le impiden reaccionar.

Y es de esta manera que un ambiente poco valorador de lo mejor que somos, y que más bien nos burla y castiga por ello, crea una personalidad apocada y angustiosa que no contempla a los demás con el placer de compartir el mundo, sino con el temor de estar constantemente expulsadote él en los trabajos, en el mercado del amor, en los circuitos de la amistad, en las palestras de la admiración. André Maurois intentó crear una ficción de “artícolas” que vivían juntos -ellos los nobles y sabios- en una isla de felicidad perfecta. Pero como la isla es una ficción, se deduce que la felicidad es una isla utópica que consuela a los mejores cuya estima propia está dañada por no ser nunca mejores para los que realmente a su alrededor les podrían apreciar.

Estas sensaciones son trágico-cómicas: el sensible realmente vive frustrado y sufre mucho, pero también hace constantemente el ridículo, no se adapta a ninguna circunstancia social, no se le tiene en cuenta, lo pasa mal en las fiestas, no sabe hacer risotadas, es torpe cantando chistes, y lo que le interesa parece no tener predicamento en los demás. Está, pero está pasmado, esperando no se sabe qué que nunca llega.

Adler hablaba del complejo de inferioridad, Carl G. Jung hablaba de complejos como, de nudos que nos atan produciendo una trabazón interna que nos impidiera estar cómodos y sueltos porque ciertos movimientos estiran la cuerda e impiden ir más allá, retenidos. Ciertamente son formas de no podernos querer tanto por considerarnos menos que los demás, como porque interiorizamos o prevemos su rechazo, como porque supongamos que no lograremos interesarlos.

Estos complejos los hemos adquirido en algún momento de nuestra vida, quizá despreciados por nuestros padres, aparcados al aparecer un hermano menor, torturados por nuestros compañeros de clase o chocando contra el sistema escolar, teniendo sensibilidades y facultades que en nuestro ambiente son poco valoradas, o bien quizá han surgido a raíz de determinado fracaso sentimental, malos tratos, ruina, enfermedad crónica o muerte. Como quiera que el Yo siempre es el Yo actual, lo decisivo es estar heridos ahora, aunque haya sido siempre así (es decir, que al que sufre no le consuela mucho el pensar que antes no sufría).

Auto imagen: conjunto de lo que la persona siente, quiere, espera, teme, acerca de si mismo. El gran autor Maxwel Maltz es el psicólogo más notable de la auto imagen. Primero fue cirujano plástico, había obtenido una gran fama, pero descubre que algunas personas, al cambiar el rostro, mediante la operación, cambiaban también de modo de sentir y actuar; pero otras seguían igual y aún peor.

Esas personas, descubrió Maltz, tenían otra herida o deformación mucho más honda y difícil de curar que la deformación del rostro exterior, la herida de la auto imagen negativa. Y de esa deformación era que debían operarse, Pero ¿Cómo? Dependerá mucho de la disposición personal que se tenga.

¿Cómo se forma la auto imagen, el auto concepto?

La formación de la auto imagen empieza a delinearse desde el nacimiento, de acuerdo con la forma en que nos percibían y nos trataban nuestros padres o otros miembros de la familia. Las experiencias del hogar –de éxito, fracaso, humillación, acogida, rechazo, estimulación- todas pasan a la auto imagen.

La auto imagen hace que nos desempeñemos en la vida diaria tal como creemos que somos, de acuerdo al auto concepto que tenemos, terminamos experimentando exactamente lo que creemos que somos. Si sentimos que no tenemos suerte en la vida, que todo me sale mal, que no tengo posibilidades de triunfar ni crecer, acabaré por fracasar.

“Si quieres vivir realmente, si quieres ser tú” , el tú autentico que llevas dentro en el fondo de tu ser, no el tú falso que revelas en tu auto imagen, el camino es uno solo: Transforma el concepto que tienes de ti mismo, alcanza una auto imagen realista, atrévete a descubrir que tú tienes eres valor humano, digno y respetable. Amarse…hacerse capaz de autoafirmarse.

Ser persona es identificarse emocionalmente consigo mismo, sentir bien de sí, aceptarse, valorarse, confiar en sí, apreciarse, acogerse.

El que no se identifica emocionalmente consigo, se condena a un sufrimiento que no termina nunca y por lo tanto se hace una persona, ineficaz y que aporta poca cosa o nada a la humanidad.

Cristina Rios Giraldo
http://cristina-rios-giraldo.neurona.com/

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