Independencia financiera

libertad dineroLos primeros años del Siglo XXI han sido testigos del crecimiento inconmensurable de este nuevo propósito, acuñado fundamentalmente en las áreas abocadas a las finanzas personales y al planeamiento financiero.

El uso del concepto “independencia financiera” se extendió a partir de 1997, a raíz de la publicación de “Padre Rico, Padre Pobre”, best seller del autor hawaiano Robert Kiyosaki.

En su obra, este gurú de los negocios particulares hizo hincapié en la posibilidad de mantener la capacidad de consumo sin depender exclusivamente del trabajo. A priori, si se analiza esa concepción, se descubre que la independencia financiera revela la oportunidad de tomar decisiones en relación a nuestra vida actual y nuestros proyectos sin que el dinero represente un obstáculo. Ahora bien: en términos sencillos, ¿es posible vivir sin trabajar?

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En líneas generales, la idea suele tener aceptación, en virtud de que resulta atractiva. Sin embargo, muchas veces genera resquemores y dudas respecto de su aplicación concreta. En este sentido, es preciso indicar que la gente suele asociar la independencia financiera con las altas esferas económicas, aún cuando, en realidad, es una meta posible para todos aquellos que se decidan a alcanzarla.

Por supuesto, la construcción alude a la riqueza, pero, lejos de lo que se sospecha, se trata de dar prioridad a la disponibilidad de tiempo por sobre el dinero. Es decir: el secreto para lograrla surge de una inteligente combinación de los ingresos, los ahorros y los gastos.

Dicho de otro modo, los elementos claves para el desarrollo práctico de esta teoría son: los recursos, las necesidades, las decisiones y la planificación. Claro que el camino hacia la libertad no es sencillo ni rápido, pero vale la pena iniciarlo en busca de un bienestar hasta hoy desconocido.

Como en la mayoría de los emprendimientos, lo que más cuesta es dar el primer paso. En principio, el término es intimidante, pues supone cambios, desnuda inseguridades y desestabiliza pensamientos adquiridos y respetados por las mayorías. De allí, la incógnita de cómo alcanzarla y el miedo, que paraliza, tal como postuló Napoleón Gil, otro especialista en la materia, en su libro “Piense y hágase rico”.

Entonces, comenzar por la definición aparece como una herramienta útil para estimular el tránsito por la ruta de la independencia financiera. Bajo este concepto se entiende el bienestar económico que es capaz de alcanzar un individuo destinando su dinero a comprar activos que le permitan producir ingresos pasivos y, así, quedar librado de las obligaciones laborales. Se trata, en definitiva, de superar las necesidades de la cotidianeidad con ingresos procedentes de actividades distintas a las habituales, que no demanden un esfuerzo personal y que, en paralelo, se traduzcan en tiempo libre y su usufructo deseado.

La independencia financiera les entrega a sus “fieles” las riendas en la explotación de las horas del día y la capacidad plena de manejo de sus intereses, por lo cual los transforma en reales dueños de sus vidas.

Una buena fórmula para empezar a volver palpable esta filosofía es comprender que se debe gastar menos de lo que se gana para poder ahorrar; a partir de ese excedente se podrá invertir, hacer la diferencia y, paulatinamente, obtener un crecimiento que redunde en los beneficios esperados.

Si bien la interpretación es lógica y hasta raya la obviedad, el fin se presenta a veces como inverosímil, sobre todo para quienes no tuvieron la fortuna de nacer en lo que comúnmente se denomina “cuna de oro”.

Para saltar esa limitación que impulsa nuestra mente, se recomienda liberar pensamientos positivos en torno a las finanzas, en general, y el dinero, en particular. De esa manera, se logra un foco en el objetivo, se fomenta la toma de decisiones en consecuencia y se promueve la flexibilidad en el armado de estrategias.

Con la determinación entre manos, sólo deben resolverse los medios a los que apostar. Entre las fuentes frecuentes, se cuentan: los dividendos de bonos y acciones, los intereses ofrecidos por depósitos y cuentas bancarias, la renta producida por el alquiler de bienes inertes, los beneficios de la propiedad intelectual, entre otras.

El producto de todas estas prácticas, que no exigen sacrificios, es llamado ingreso pasivo, justamente porque no requiere actividad por parte de quien se beneficia. El éxito dependerá, entonces, de la táctica que se aplique, el margen de maniobra del que se disponga y la persistencia en el proceso.

En otras palabras, la dinámica del ejercicio que se lleva a cabo para dar otros horizontes a nuestro dinero anticipará cuán próximos estamos de la independencia financiera. Por lo tanto, el control de las finanzas, una adecuada administración y la claridad de objetivos nos acercarán a ella, enseñándonos a forjar una cultura del ahorro por la que se volverá normal no sólo acumular bienes sino acumular bienes que generen ingresos. Así, el dinero comenzará a trabajar para nosotros y dejará de ser a la inversa.

Vivir de los recursos que surgen de las propias inversiones es una propuesta seductora, más aún si representa un disfrute para el beneficiario y adquiere valor para los demás. Atrae pensar un futuro donde se disponga de tiempo para elegir qué hacer y cómo hacerlo sin necesidad de trabajar. El asunto es cultivar la paciencia y, entre tanto, encontrar un sistema que conduzca a ese propósito.

Una vez hallado el modelo, la calidad de los resultados pasará a depender de la diversidad que se introduzca a la estructura. Bien conocido es el impacto de la distribución de las inversiones, es decir, del reparto de nuestro capital en pos de mayores ganancias.

Tras ese anhelo, y a modo orientativo, deberían tenerse en cuenta la necesidad de respuesta ante los imprevistos, la rentabilidad de las opciones a largo plazo y la invitación a ceder ante los caprichos. Esto último, sobre todo, favorecerá nuestra motivación para sostenernos firmes tras la meta.

Si repasamos cómo lograr que estos principios echen raíces en nuestro presente y rijan nuestro futuro, descubrimos que lo que se precisa es: plantear metas y prioridades, entender que el ahorro representa un bien mayor en vez de tomarlo como un esfuerzo en vano (que nos hace infelices), ser responsables en el manejo del crédito y, sobre todo, elegir las mejores alternativas a nuestro alcance en el momento de invertir.

En este sentido, se sugiere comenzar con opciones simples, acordes a nuestras primeras exigencias como inversionistas y a los plazos de los que disponemos para obtener rendimientos favorables. Luego, la experiencia nos permitirá detectar qué alternativas son más saludables para nuestras finanzas y nos dará la chance de tomar desafíos más complejos donde los riesgos son mayores pero los horizontes más amplios.

A la par, es imprescindible forjar un halo de protección que nos ponga a resguardo ante cualquier contingencia que pudiera presentarse. Nadie está exento de la posibilidad de sufrir imprevistos; por ende, como no se puede dirigir todo lo que sucede en nuestro entorno, se considera fundamental la constitución de fondos de emergencia y la contratación de seguros, dos herramientas capaces de cuidarnos de los efectos más adversos de una crisis.

Por último, los entendidos en la materia aconsejan hacer evaluaciones periódicas del rendimiento de nuestras aspiraciones. Suele ser útil repasar las cuentas con frecuencia para analizar en qué aspectos hubo avances y en cuáles no y para resolver si seguir el mismo rumbo o definir un nuevo destino, más fructífero para nuestra situación financiera.

Junto a la capacidad de reflexión, la curiosidad y la apertura (para escuchar consejos y aprender) se insinúan como buenas compañeras de ruta.

Volviendo al asunto central, se puede decir que para llegar a sentirse independientes, financieramente hablando, se necesita interpretar que un activo es aquello que mensualmente pone el dinero de los bolsillos mientras que el pasivo es algo que te lo quita. La idea es poner a trabajar nuestra alcancía, en lugar de guardar nuestras reservas debajo del colchón.

Lo más alentador es que esta mentalidad, que nos llevará primero a la independencia financiera, nos dará después una libertad reconfortante. Cabe aclarar que con ambas se pretende calidad de vida. Sin embargo, la coincidencia de objetivos no garantiza una empatía de principios.

Ser independiente es distinto de ser libre; la diferencia radica es que con la independencia, uno logra desprenderse de las ataduras a los demás, mientras que con la libertad nos emancipamos hasta de nosotros mismos.

Por supuesto, una cosa llevará a la otra y, para avanzar, lo esencial será definir de qué lado queremos ubicarnos. Una vez que decidimos dirigirnos por el camino de la abundancia, estaremos listos para encarar cualquier emprendimiento y tendremos que dedicar, al menos una hora diaria, para forzar una reprogramación mental que nos posicione detrás de nuestros flamantes objetivos.

No olvides que la realidad no se modificará de la noche a la mañana y que difícilmente puedas dar una conferencia si no sabes hablar. Por eso, sólo tienes que ensayar el primer paso; el tiempo, tu optimismo y tu perseverancia harán todo lo demás.

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